Mujer con los ojos vendados

Avance de lectura · Obsequio

De la herida al origen

Prólogo, primer capítulo y epílogo. Un anticipo de la historia completa.

Mónica

Terapeuta integrativa

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De la herida al origen

Memorias de una mujer que aprendió a elegirse

© Mónica, 2026

Todos los derechos reservados

Primera edición digital

Este libro es un testimonio personal. Refleja recuerdos y vivencias narrados desde la mirada de su autora. Algunos nombres y detalles se han modificado para proteger la intimidad de las personas implicadas. No sustituye el acompañamiento psicológico ni médico profesional; si algo de lo que aquí se cuenta resuena con tu propia historia, busca ayuda: nadie tiene por qué sanar en soledad.

A Claudia, mi pequeño duende, que fue la primera grieta de luz. Y a la niña que esperaba junto a la ventana: ya estoy aquí.

«No los elegía: los reconocía.»

De estas páginas

Nota de la autora

Antes de empezar

Este libro nació del cansancio de las medias verdades.

Durante años conté mi vida en voz baja, recortada, presentable. Decía lo justo para que nadie se asustara y para no asustarme yo. Pero las historias que se cuentan a medias no curan: solo se vuelven más pesadas. Un día entendí que, si quería soltar de verdad el peso, tendría que mirarlo entero y nombrarlo entero, sin maquillaje y sin pedir perdón.

Lo que vas a leer es eso: la historia completa de una niña demasiado sensible que aprendió, desde la cuna, a confundir el amor con el dolor; que huyó de una jaula para construirse otra; que recorrió media vida abriendo, una tras otra, todas las puertas equivocadas. No la escribo para que me compadezcas, ni para señalar a nadie. La escribo porque sé que hay muchas mujeres viviendo dentro de la misma niebla en la que yo viví, creyendo que tienen mala suerte cuando en realidad están repitiendo una herida que nunca eligieron.

Si eres una de ellas, este libro es para ti. Y si no, ojalá te ayude a entender, con más ternura, a las que lo somos. Acompáñame. Empieza, como empieza todo, por el origen.

Capítulo Uno

El Comienzo Inocente

Algunas personas decían que mis ojos eran como el cielo en un día despejado, de un azul tan claro que parecía atravesar todo lo visible y reflejar una pureza que yo misma aún no entendía. Mi piel, de una blancura casi fantasmal, parecía absorber la luz y devolverla en un brillo suave, como si la inocencia misma se vistiera de fragilidad en mí. Era una niña sensible, de esas que apenas tocan el mundo, pero lo sienten todo, profundamente, como si cada sensación se grabara en el alma desde el principio de los tiempos.

Una niña de ojos azules, sentada junto a una ventana, que ya lo estaba aprendiendo todo sin saber que lo aprendía.

Desde mis primeros días, mi mundo entero giraba alrededor de mi madre, como gira un planeta pequeño alrededor de su sol. No existía para mí un lugar seguro que no fuera ella. Antes de saber hablar, antes de conocer mi propio nombre, ya conocía su olor, y por eso mis primeras memorias no son imágenes ni palabras, sino aromas. El suyo, sobre todo. Lo guardaba en algún rincón del cuerpo que ni siquiera sabía que existía, y lo reconocía a metros de distancia, en la penumbra, entre el gentío de la feria.

Cuando ella estaba cerca, el aire mismo se volvía dulce de una manera que todavía hoy no acierto a nombrar. En mi mente de niña se asentaba entonces una certeza absoluta, casi animal: mientras pudiera oler a mi madre, nada malo podía ocurrirme. Era una seguridad que no tenía que ver con la razón —la razón no había llegado aún— sino con algo anterior a ella, más profundo y más silencioso. El cuerpo, que aprende mucho antes que la cabeza, ya sabía lo que la vida tardaría años en enseñarme: que en aquel aroma estaba todo mi mundo.

Pero mi madre se iba.

Y cuando se iba, mi mundo no se entristecía: se desmoronaba en silencio, como una casa de arena cuando sube la marea. Sentía el vacío colarse por las rendijas de mi pequeño universo, ocuparlo entero, llenarlo de una pérdida que aún no tenía palabras para nombrar y que, sin embargo, mi cuerpo conocía a la perfección: un hueco frío en algún punto entre el pecho y el estómago, una respiración que se acortaba sin permiso, unas ganas de llorar que no atendían a ningún consuelo.

Aprendí muy pronto a esperar. A quedarme quieta junto a una ventana, o en el regazo de quien tocara aquel día, midiendo un tiempo que no sabía medir, con la certeza secreta y triste de que cada una de aquellas separaciones era una herida que se abría sin remedio. Como si una parte de mí intuyera ya, desde muy abajo, que mi historia con ella estaba condenada a vivirse en las distancias.

La feria era su mundo, y su mundo me la robaba una y otra vez. La veía prepararse para marcharse —recogerse el pelo, perderse entre las luces de colores y el estruendo de la música, dejarme atrás con una última caricia rápida— y yo me quedaba sostenida por otros brazos que no olían a ella, escuchando otras voces que no eran la suya y que, por mucho cariño que pusieran, jamás lograban llenar el hueco exacto de su ausencia. En esos momentos me invadía un anhelo demasiado grande para un cuerpo tan pequeño. No era el capricho de una niña mimada. Era algo mucho más hondo, casi una premonición: la sensación, imposible de explicar entonces, de que había algo en mi madre —su historia, sus heridas, esa tristeza que la habitaba como una inquilina silenciosa— que me la alejaba de un modo que ninguna distancia física alcanzaba a justificar.

Como si, incluso teniéndola delante, una parte de ella estuviera siempre en otro lugar.

Un lugar al que yo, por mucho que me esforzara, no podía seguirla.

Porque mi madre llevaba una tristeza antigua en la mirada. Una melancolía que yo percibía sin comprender, igual que se percibe el frío antes de aprender la palabra que lo nombra. Era un dolor que no había empezado en ella. Venía de mucho más atrás, de generaciones enteras, de una herida que cargaba en la sangre sin saber siquiera cómo se llamaba ni cómo soltarla.

Mi abuela la había traído al mundo en un tiempo en que los errores no se perdonaban, embarazada de un militar que la abandonó no una, sino dos veces, dejándola con una hija en los brazos y el corazón hecho pedazos. Aquel abandono no se quedó encerrado en mi abuela. Bajó hasta mi madre como baja el agua por una ladera, buscando siempre el punto más hondo. La marcó con un silencio. Con una vergüenza. Con un sentirse para siempre de menos. Y esa carga, sin que mi madre lo supiera, sin que lo eligiera ni lo buscara, también acabaría depositándose dentro de mí, gota a gota, en cada abrazo partido, en cada ausencia que mi cuerpo registraba antes de que yo tuviera palabras para describirla.

Me amaba con toda su alma; de eso no tuve nunca la menor duda, ni siquiera en los años más oscuros que vendrían después. Pero su amor venía envuelto en aquel eco antiguo. Y a veces, en mitad de un abrazo, yo sentía una lejanía extraña, como si me estuviera estrechando contra su pecho y, al mismo tiempo, pidiéndome perdón por algo que jamás había cometido.

Yo, con mis ojos demasiado claros y mi corazón demasiado abierto, me convertí muy pronto en su pequeño refugio, en el lugar al que ella iba a buscar la paz que la vida le había negado. Era demasiado peso para unos hombros tan pequeños. Pero los niños no sabemos que algo es demasiado: solo sabemos amar como nos enseñan, y a mí, desde la cuna, me enseñaron a sostener antes que a pedir.

Mi padre, por su parte, también era un hombre roto, aunque su rotura tenía otra forma: más ruidosa, más dura, hecha de silencios que dolían más que los gritos y de gritos que llenaban el espacio donde debía haber estado la ternura. Había crecido en una casa donde el respeto era una palabra extraña. Su propio padre veía en el sometimiento una manera natural de ejercer el poder, y así, entre humillaciones aprendidas y violencia heredada como un oficio, se hizo hombre mi padre. Aunque juró mil veces no ser jamás como aquel hombre, la violencia ya se le había metido dentro, como un veneno que no se ve pero se siente, agazapado, esperando su momento.

A los diecisiete años perdió a su madre. Y con ella perdió de golpe lo poco que le quedaba de infancia. Tuvo que hacerse cargo de sus hermanos, enfrentarse al mundo entero con un peso que ningún muchacho de esa edad debería cargar nunca. Y así aprendió lo único que sabría hacer durante el resto de su vida: tragarse el dolor, no mostrar jamás la herida, levantar una coraza que lo protegía del mundo y que, al mismo tiempo, lo condenaba a una soledad que nunca supo ni quiso nombrar.

Nací, entonces, en medio de dos almas heridas, de dos corazones que habían conocido el amor y el dolor en sus versiones más extremas. Mis padres me querían con todo lo que tenían. El problema era que lo que tenían estaba teñido de sus propias cicatrices. Yo era para ellos una promesa de inocencia, la niña que encarnaba todo aquello que ambos habían perdido o que nunca habían llegado a tener. Y, sin que ninguno lo supiera, sus heridas sin curar se convirtieron en el aire que respiré desde el primer día.

Un aire en el que el amor y el miedo iban siempre cogidos de la mano. En el que una caricia podía transformarse en grito sin previo aviso. En el que la ternura y la amenaza se sentaban a la misma mesa y yo aprendí, sin que nadie me lo enseñara con palabras, a confundirlos. A esperar que toda dulzura escondiera, tarde o temprano, su sombra. Y esa confusión, sembrada tan temprano en un suelo tan tierno, tardaría media vida en deshacerse.

Recuerdo mirarme al espejo siendo apenas una niña y ver, en mis propios ojos, dos cosas que aún no sabía nombrar y que sin embargo ya me pertenecían: la tristeza líquida de mi madre y la dureza apretada de mi padre, conviviendo en una misma carita que no comprendía nada de lo que cargaba.

Mi reflejo me devolvía una mirada llena de preguntas. De un anhelo sin nombre. Como si en mi interior habitara ya, desde el principio de todo, la necesidad de buscar respuestas, de sanar algo que no me pertenecía pero que sentía hondamente como mío. En aquellos ojos demasiado azules veía, sin saberlo todavía, el peso de generaciones enteras. Una historia escrita mucho antes de que yo naciera, una herencia de abandonos y de silencios que parecía condenada a repetirse, a pasar de unas manos a otras como se pasa un objeto frágil, a menos que alguien, algún día, en algún punto de aquella larga cadena, encontrara por fin la manera de detenerla.

No sabía, entonces, que esa alguien sería yo.

No sabía que este comienzo, con toda su mezcla de luz y de sombra, de presencia y de ausencia, de amor que duele y de dolor que se parece al amor, no era una condena. Era el mapa. La materia prima. La primera página de una búsqueda que tardaría décadas en tener nombre, pero que ya latía ahí, callada y paciente, en lo más hondo de una niña de ojos azules que apenas comenzaba a entender el mundo y que, sin saberlo, ya estaba tomando nota de todo.

Retrato de la autora

Sobre la autora

Mónica

Terapeuta integrativa · Especialista en trauma complejo y patrones vinculares

Mónica es terapeuta integrativa especializada en estrés postraumático complejo y vínculos relacionales. Su enfoque combina el trabajo somático y la regulación del sistema nervioso, los Sistemas de Familia Interna (IFS), la psicología junguiana, la narrativa identitaria y la astrología psicológica evolutiva en una síntesis clínica que aborda el trauma desde todas las capas donde habita: la memoria, el cuerpo, la identidad y el significado.

Trabajó su propio proceso terapéutico durante décadas antes de formarse como terapeuta —lo que convierte su práctica en algo poco común: el rigor clínico sostenido por la memoria vívida de cómo se siente estar dentro, sin herramientas, sin mapa, sin saber siquiera que lo que te pasa tiene nombre. Esa doble perspectiva es la base de su trabajo: no acompaña desde fuera, sino desde el conocimiento genuino del territorio.

Hoy acompaña a mujeres a recorrer el mismo camino que ella hizo a ciegas —del síntoma al origen, de la repetición a la elección, del cuerpo que grita a la voz que por fin se escucha.

De la herida al origen es su primer libro, y el testimonio más honesto de lo que hizo con lo que le tocó vivir.

FORMACIÓN Y ENFOQUE TERAPÉUTICO

  • Trabajo somático y regulación del sistema nervioso
  • Sistemas de Familia Interna (IFS)
  • Psicología junguiana y trabajo con arquetipos
  • Narrativa identitaria
  • Estrés postraumático complejo (C-PTSD) y repetición traumática
  • Astrología psicológica evolutiva

PARA ACOMPAÑARTE
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De la herida al origen · Mónica · Primera edición, 2026

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¿Y si tu historia también tiene vuelta?

Si has llegado hasta aquí, quizá algo de esta historia te ha reconocido. Yo no solo escribí este libro: hoy acompaño a otras mujeres a recorrer ese mismo camino —de la repetición a la elección, de la herida al origen— sin tener que hacerlo a ciegas, como lo hice yo.

El libro completo —diecinueve capítulos, cada uno con su lectura terapéutica— está en camino. Escríbeme por mensaje directo la palabra ORIGEN y serás la primera en saber cuándo sale.

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